BEN JOHNSON: UN COWBOY EN HOLLYWOOD (Segunda parte)

Ben Johnson en una imagen de Grupo salvaje (1969) de Sam Peckinpah



La semana pasada, empezamos la revisión de los 14 títulos más importantes en la carrera del actor estadounidense Ben Johnson, todo un clásico del western que empezó su trayectoria siendo un asiduo en las películas de John Ford y que, con el paso de los años, supo adaptarse a una gran variedad de estilos y directores. En la entrega de hoy, repasamos los últimos 7 títulos, realizados entre 1967 y 1975. 

El más valiente entre mil (1967) de Tom Gries




Ben Johnson sigue en la senda del western y esta vez participa en una película del director Tom Gries, figura irregular e infravalorada que tiene en su haber, además de este film, títulos tan atractivos como El número uno (1969), Los indomables (1970), Locos (1970), la película para televisión La casa de cristal (1972) y la serie QB VII (1974). A estas alturas, el western crepuscular ha ido tomando forma y El más valiente entre mil se ubica en dicho territorio, con cowboys sin trabajo buscando a quién ofrecer sus servicios, exhaustos, desencantados y que descubren, para su decepción, que ni su vida habitual les ofrece cobijo ni una vida alternativa, más cómoda, les acaba ilusionándoles. Como curiosidad, hay que decir que Charlton Heston consideraba esta película como su favorita entre todas en las que había participado.

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Cometieron dos errores (1968) de Ted Post




Si una de los caminos del western estadounidense a finales de los 60 era el ya mencionado western crepuscular, que conservaba las formas del western de toda la vida pero eliminando su habitual tono épico y optimista, otra alternativa fue la de incorporar algunos elementos del spaghetti western creado por Sergio Leone. Y, en función de ello, ¿qué mejor que elegir a Clint Eastwood, protagonista de la “Trilogía del dólar” del director italiano, para que, a su vez, protagonizara esta película que heredaba algunos rasgos de estilo como la exacerbación de los rasgos de violencia y la ausencia de introspección psicológica en beneficio de los mecanismos formales y la abstracción? Cometieron dos errores plantea una historia de venganza que remite, en su estructura, al paradigma clásico de El conde de Montecristo que, si nos paramos a pensar, ha servido para articular la narración de multitud de películas (desde El vengador sin piedad – 1958 – de Henry King, pasando por Nevada Smith – 1966 – y La novia vestía de negro – 1968 – de François Truffaut, hasta llegar a Kill Bill – 2003 y 2004 – de Quentin Tarantino). Como ven, es un medio de que el mecanismo formal se imponga sobre la construcción psicológica de los personajes.

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Grupo salvaje (1969) de Sam Peckinpah




Sin duda, posiblemente nos encontremos ante el gran papel en la carrera profesional de Ben Johnson. Nuevamente, un western crepuscular, un western de frontera, y que incorpora una importante carga crítica sobre el sistema de violencia creado y que arrastra a todos, tanto los que pertenecen a él como los que, sin pertenecer al mismo, acaban siendo víctimas de sus zarpazos. Ben Johnson forma parte de un grupo de pistoleros (liderado por William Holden y del que también forman parte Ernst Borgnine, Warren Oates y Edmond O’Brien) en la decadencia de sus carreras y que, a lo largo de película, sufren la persecución de un grupo contratado por la compañía de ferrocarril y que está encabezado por el personaje interpretado por Robert Ryan, que es un antiguo miembro de la banda.

Grupo salvaje es un compendio de las obsesiones temáticas y estéticas de Peckinpah. La violencia como maquinaria infernal e imparable, la belleza hipnótica que la misma genera (reflejada en esas magistrales escenas al ralentí), su aprendizaje adquirido desde la infancia, el choque de identidades, la existencia de códigos de honor y formas de vida que van siendo orillados por el paso inexorable del tiempo y la llegada de la modernidad, el choque de clases sociales entre humildes y poderosos en Estados Unidos, la hipocresía moral… Toda la crispación implícita en la trama culmina en una catarsis sangrienta más allá de la frontera mexicana en la que sólo parecen sobrevivir en paz los buitres carroñeros… Al final, sobrevuela la duda de qué lado puede estar el lado correcto de la conducta y cuál es el origen real de la carnicería de la que hemos sido testigos como espectadores. En esa incertidumbre moral, es donde reside la fuerza expresiva y temática del cine de Peckinpah.

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La última sesión (1971) de Peter Bogdanovich




Es de sobra conocida la admiración que Peter Bogdanovich sentía por John Ford y, aunque pueda parecer que La última sesión es una película muy distante del universo fordiano, la influencia en Bogdanovich de su admirado director es patente en numerosas secuencias no solo de esta película sino a lo largo de toda su obra, en estilo, en tempo narrativo, en formas interpretativa... La presencia de Ben Johnson en el reparto (por su actuación ganó el Oscar al Mejor Actor Secundario) es solo un indicio más de una conexión mucha más profunda. Película audaz y arriesgada por sus atrevimientos temáticos, La última sesión retrata la monótona vida de unos jóvenes en un pequeño pueblo de Texas y las opciones vitales que escogen ante la falta de oportunidades a la que se enfrentan. Una película rodada en plena crisis del “sueño americano” y de la American way of life y que encierra en el interior de su fotografía en blanco y negro una hastiada frustración por unos ideales en quiebra.

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La huida (1972) de Sam Peckinpah





Sam Peckinpah no solo sabía hacer magistralmente westerns. Ahí están Perros de paja (1971), Quiero la cabeza de Alfredo García (1974), La Cruz de Hierro (1977) o Clave: Omega (1983) para demostrarlo. Pero, sobre todo, está La huida (1972), basada en una novela del gran escritor estadounidense de novela negra Jim Thompson y con guion de Walter Hill. En La huida, Ben Johnson interpretaba a un miembro corrupto de la comisión de libertad condicional de Texas que se aprovecha de su condición para utilizar al personaje interpretado por Steve McQueen para sus actividades ilegales. Violenta, visceral, rebelde, tensa y desencajada, es una película muy próxima al espíritu de otros títulos del noir y del thriller de los 60 y principios de los 70 como Código del hampa (1964) y La jungla humana (1968) de Don Siegel, Harper, investigador privado (1966) de Jack Smight, Con el agua al cuello (1975) de Stuart Rosenberg, A quemarropa (1967) de John Boorman, The French Connection (1971) de William Friedkin o La noche se mueve (1975) de Arthur Penn. Tras dos agitadas horas de angustia y persecución continuas, Peckinpah reserva a sus protagonistas un sereno plano final que, dentro de su serenidad, es una radical transgresión de las que se consideraban normas convencionales del noir.

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Loca evasión (1974) de Steven Spielberg





Pues sí, Ben Johnson también trabajó a las órdenes de Steven Spielberg en una de sus primeras películas. Y es que el director de Tiburón también es un rendido incondicional al cine clásico estadounidense y, ¡cómo no!, a las películas de John Ford. Recordemos su admiración por Centauros del desierto (1956) y el modo (poco percibido tanto en el momento del estreno como posteriormente) en que esta película influyó en su adaptación de La guerra de los mundos (2005), ya que, a fin de cuentas, ambas películas se estructuran sobre la lucha por conseguir que unos hijos regresen a su hogar (la última escena guarda, además, un gran paralelismo con la última escena de Centauros del desierto). Y este eje temático también está igualmente presente en Loca evasión: los personajes interpretados por Goldie Hawn y William Atherton huyen perseguidos por la ley para reencontrarse con su hijo que ha sido entregado a una familia de acogida. Ben Johnson interpreta al capitán que intenta atraparlos y que, progresivamente, se va dando cuenta de que, más que unos delincuentes, se tratan de dos pobres desgraciados que lo único que buscan es reconstruir su familia. En definitiva, Loca evasión es una película a recuperar frente a otros títulos mucho más conocidos del director más taquillero y popular de los últimos cuarenta años.

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Muerde la bala (1975) de Richard Brooks






A la altura de 1975, quedaban ya lejos los años dorados del western y el género tenía que encontrar nuevos caminos, nuevos enfoques y buscar nuevos significados a su iconografía e imaginario tradicionales. En Muerde la bala, Richard Brooks toma el formato para llevar a cabo, a partir de él, un intento (nada disimulado) de hacer cine de autor en el que volcar muchas de sus inquietudes y preocupaciones. Una carrera real a caballo, de 1.100 km., atravesando el territorio de Estados Unidos, que tuvo lugar en 1906, le sirve a Brooks para realizar una crítica a muchos aspectos de la sociedad estadounidense, especialmente la competitividad brutal y descarnada llevada hasta extremos difícilmente soportables. El momento final le sirve para trazar la esperanza de unas formas de vida y actitud radicalmente diferentes, paliando el tono mayormente escéptico que predomina en la mayor parte del metraje de la película.

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Como pueden observar en la evolución de los títulos y, más claramente, en la evolución de los tráilers, la trayectoria de Ben Johnson y la de los personajes que interpretó muestran con contundencia los cambios que experimentó el western, y todo el cine estadounidense, a lo largo de tres décadas, desde el optimismo y el tono épico de finales de los 40 y los años 50 hasta llegar al western crepuscular y desencantado de finales de los 60 y los 70. Todo un viaje desde la ilusión al cinismo y la amargura.


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